El otro día, víctima de mi mala puntería con el volante, opté por llegar a Santa Elena a través de la reducida carretera que lleva hacia el Puerto en lugar de hacerlo por Santa Tecla, que pensé estaría más congestionado. ¡Ah, Murphy! ¿Adivinan? Había una cola de esas de la que nunca quisiera encontrarse cualquier pareja que sale de alguno de los moteles de la zona. Una trabazón de antología.
La agujita traidora que marca cuánto de combustible lleva el vehículo había perdido su virilidad, y para colmo la radio vomitaba su “zúmbale mambo pake, mi gata prenda los motores; zúmbale mambo pake, mi gata prenda los motores... ¡A ella le gusta la gasolina...!”. Y, efectivamente, como otra víctima más del perreo y del reggaetón, era eso lo que necesitaba, en el sentido más automovilístico de la palabra, conste.
Paréntesis: Lo mismo pasa —y es que parece que se pusieron de acuerdo para realizar obras de construcción en la misma zona al mismo tiempo— en el sector de los nuevos centros comerciales. Las trabazones chupan sangre —como ya tantas caricaturas de Alecus lo han ilustrado— al pobre vehículo, y a su dueño.
Llegué, pues, a una estación de gasolina con la tonada de la canción de la gasolina tatuada en el cerebro, vi los precios y juro que hubiera querido tener enfrente a Daddy Yankee y sus coristas cantando ese “poema” de canción (“A mí me encanta la gasolina...) para decirle: “Vos solo”. A mí, como supongo a muchos automovilistas, la verdad, no nos gusta.