En el parque central de San Martín, justo frente a la alcaldía, un gran mural muestra a varios pobladores que llenan cántaros en una fuente o que los cargan. La obra, sin pretenderlo, ilustra una situación que golpea ese municipio. Según la encuesta de LPG Datos, es la ciudad del Gran San Salvador en la que más numerosos y duraderos son los corte de suministro de agua.
El 93.9 por ciento de las familias atendidas por ANDA en este municipio de 134 mil habitantes asegura ser víctima de suspensiones en el servicio de agua potable.
Entre esa elevada cifra de tinecos que dice convivir con los cortes, el 78.2 por ciento los cuantifica en más de 24 horas. Y los clientes de ANDA que peor lo pasan son unos 10 mil habitantes que respondieron que cuando por sus chorros deja de fluir líquido lo hace durante “siete días o más”.
Cabe señalar que esos números solo hablan de personas que son clientes de la autónoma. No incluye, pues, las comunidades que en San Martín no tienen red de tuberías o que contratan el servicio con otras entidades, como el populoso proyecto Santa Teresa, que no escapa tampoco a la escasez.
Voces de la sequía
Ante este panorama dibujado por la encuesta, no resulta difícil para un periodista encontrar testimonios que ilustran el desabastecimiento.
A pocas cuadras del parque que alberga el mural, aún en el centro de la ciudad, en el barrio Santa Eduviges y en la urbanización Providencia I, se cuentan por decenas las familias que reportan quejas. De sus chorros, no ha salido líquido en las últimas dos semanas, aunque el servicio deficitario se remonta varios meses en el tiempo.
El 1.º de diciembre, empleados de ANDA llegaron a reparar las tuberías que distribuyen el servicio a ambas colonias. Después de varios meses, el vital líquido reapareció. La alegría, sin embargo, fue fugaz. Al tercer día dejó de caer. Después de eso, volvieron a la triste rutina de comprarla a las pipas.
René Rosales, de 68 años, es uno de los afectados. De su exigua pensión debe destinar 19.20 dólares al mes para comprar agua de pipa, y 4.80 dólares más para comprar agua para beber.
En su casa, situada en la orilla de la 4.ª calle oriente, abundan los huacales, las pichingas y los barriles. “Espero que con la lluvia podamos almacenar y descansar de este gasto”, se sincera resignado.
Al otro lado de la calle, en la urbanización Providencia I, la historia se repite. Antonio Vigil, propietario de una miniagencia de viajes que funciona en su casa, tiene un barril junto a su escritorio. A él también le toca desembolsar dinero para tener con qué bañarse, lavar la ropa o cocinar.
Al margen del gasto está el trabajo físico y la inversión de tiempo que supone acarrear el agua desde la calle hasta la parte de atrás de su casa. “Estoy cansado de tanto pedir que nos echen agua”, se queja.
El viernes por la noche, el agua se asomó por los chorros, pero con la cantidad apenas se logró humedecer la base de un huacal. Antonio Coto, otro vecino, supone que el problema de agua se debe a la falta de presión en las tuberías.
Todos tienen su propia hipótesis más o menos ajustada con la versión de ANDA, pero todos, eso sí, esperan ver con la misma ansiedad ver salir agua por sus chorros.