Con
la designación del chileno José Miguel Insulza como secretario general de la OEA
se cierra un capítulo un tanto escabroso, pero comienza otro más desafiante para
el sistema interamericano. Los movimientos pendulares que llevaron a esa decisión
no son neutros con respecto a lo que está pasando en la región y hasta puede aventurarse
el juicio de que por primera vez, aunque sea como producto de las circunstancias,
se ha hecho sentir el peso de América Latina.
En esta ocasión nuevamente
resultó definitorio el papel de Estados Unidos, pero también se puede decir que
su protagonismo tradicional se vio sometido a presiones que hicieron la diferencia.
Que dos de sus candidatos hayan resultado virtualmente derrotados —uno con
su retiro anticipado de la contienda y otro, en cinco ejercicios de votación—
han creado un precedente donde el pragmatismo en la política exterior de la potencia
más grande del mundo parece haber cobrado nuevos matices.
Y no es
para menos. Al nuevo frente que se le está creando en su “patrio trasero”
con el surgimiento de gobiernos de corte socialista —y sobre todo con los
desvaríos de Chávez—, se suman los problemas del narcotráfico, los indocumentados,
el terrorismo “terciarizado” y el de las maras que, en conjunto, le
pueden causar un daño sensible a su forma de vida y al lugar que ocupa en el concierto
mundial. En este último plano, no pueden pasarse por alto los otros flancos que
ya tiene Estados Unidos en Iraq, el Cercano Oriente, Corea del Norte e Irán y
la emergencia de China como potencia económica.
Bajo estas circunstancias,
insistir en sus propios candidatos para la OEA no resultaba una actitud pragmática
para el gobierno del Presidente Bush y más bien todo indica que el giro que dio
en su posición inicial parecía, desde todo punto de vista, lo más sensato.
Es
cierto que con su influencia, Estados Unidos bien hubiera podido boicotear la
designación de Insulza; pero probablemente el antecedente del debilitamiento de
la ONU y la fragmentación de la Unión Europea por el caso de Iraq tuvo esta vez
primacía sobre la doctrina del “unilateralismo” que ha dominado la
política exterior de ese país bajo la actual administración.
Sin
restarle méritos a los otros aspirantes, también resulta obvio que el nuevo secretario
de la OEA, por su pensamiento político, su país de origen y la zona que representa,
le ha dado a Estados Unidos la oportunidad de reivindicarse especialmente con
los sudamericanos, que ya le habían también mandado mensajes claros con respecto
al ALCA y la OMC.
Pero tampoco en estas cosas hay que pecar de muy
cándido. Ya se dice que como parte del “trade off”, el mismo candidato
de México para la OEA será el nuevo presidente del BID en sustitución de Enrique
Iglesias quien, según se ha trascendido, asumirá la Secretaria de la Cumbre Iberoamericana.
En
cualquier caso, para nuestro país el mensaje debería ser claro. Nuestra política
exterior no puede basarse en utopías y mucho menos, en el amiguismo moldeado en
supuestos o reales vínculos personales. A la hora de las grandes definiciones,
el pragmatismo se impone, especialmente cuando en tiempos turbulentos se corre
el riesgo de perder a aliados de peso.