Estamos
en mayo, tiempo de lluvias recién llegadas. Algunas noches, cae el aguaje con
energía imponente. Desde el refugio doméstico, parece que el cielo va a desprenderse.
¿No te da miedo?, me susurra Titi, escondida en la sábana. Y no, no me da miedo,
pero sí una sensación de inermidad natural. ¿Qué somos ante las fuerzas de la
naturaleza? Briznas. Ni siquiera eso. Y lo que queda es encender la lamparilla
interior, para que las estancias del pensamiento se alivien con la luz ceremonial
de la memoria. La lluvia no viene sola: levanta ecos. El eco, esta vez, es de
una lluvia rafagueante, que parecía estar luchando contra los sencillos cristales
de las ventanas. Todo estaba quieto dentro de la antigua casa. No muy lejos de
mi catre, las respiraciones de los mayores proveían la seguridad básica. El contraste
entre la furia de las ráfagas y aquellas presencias apacibles me trajo, en la
infancia más remota, el primer pálpito del misterio consciente. ¿Era yo, acaso,
el único ser del universo que estaba despierto para testimoniar semejante paradoja?
Quizás me lo pregunto desde entonces, con un rosario de respuestas. Respuestas
que se fueron volviendo palabras escritas, ecos de otras palabras, vibraciones
hermanas de otras lluvias. Y mayo vigila, siempre.