Hace
60 años, el 8 de mayo de 1945, se anunció el fin de la II Guerra Mundial en Europa.
Aquel conflicto, de proporciones y resultados sin precedentes, partió en dos la
historia contemporánea, y no solo dejó una amplia estela inmediata de destrucción
y artificiales divisiones geopolíticas, sino que produjo efectos traumáticos en
el ámbito internacional durante el medio siglo siguiente. Durante mucho tiempo,
la humanidad estuvo en vilo, a la expectativa de lo que podría haber sido una
Tercera Guerra; pero la capacidad destructiva del arsenal nuclear sirvió, paradójicamente,
para detener cualquier tentación de guerra global. El momento más dramático al
respecto se dio durante la crisis de los misiles en Cuba, en octubre de 1962;
nadie se atrevió al “suicidio universal”, y lo que quedó fueron las
llamadas “guerras periféricas”, como la nuestra.
En estos
60 años, el mundo ha experimentado cambios inimaginables. El esquema de “vencedores
y vencidos” resultante de aquella Guerra comenzó a evolucionar muy rápidamente.
Las tres “potencias enemigas” —Alemania, Italia y Japón—
emergieron pronto, luego de liberarse de los opresores regímenes que las llevaron
a la catástrofe, como nuevas potencias económicas, de gran éxito. Estados Unidos
y la Unión Soviética mantuvieron, hasta fines del pasado siglo, una disputa bipolar
sin cuartel. Pero cayó la URSS, por la propia naturaleza absurda del comunismo;
y hoy lo que se construye es una globalidad que acude a valores como la libertad
y a principios como la democracia.
El recuerdo vivo de los crímenes
nazis contra la humanidad y de las devastaciones de una Guerra tan destructiva
debe servirnos como advertencia de lo que jamás debería volver a pasar. Los análisis
expuestos hoy por los diversos actores de aquel conflicto son tranquilizantes
y alentadores sobre el futuro.
La responsabilidad por un mundo
mejor
Transcurrido el tiempo, es posible ver los hechos políticos
con otras perspectivas. En este momento, en que el mapa geopolítico mundial tiende
a la distensión, pese a los nuevos desafíos internacionales como la lucha contra
el terrorismo y las vicisitudes de la expasión comercial, los errores de otro
tiempo son más reconocibles y desde luego superables.
Por ejemplo, el hecho
de que el Presidente Bush reconozca responsabilidad en la división artificial
de Europa en 1945 es un signo de esta nueva voluntad de reconciliarse con el futuro
haciendo cuentas serias con el pasado.
No vivimos aún en el mejor
de los mundos, pero sí se ven señales de que hay una creciente búsqueda de rutas
hacia un mundo mejor. Es una búsqueda muy compleja y acechada por distintas amenazas,
la principal de las cuales es justamente la falta de una concepción clara de lo
que debería ser ese “mundo mejor”. Se da muy poca elaboración intelectual
sobre el futuro, en unas circunstancias en que hay que avanzar con claridad, para
que no se repitan los despistes que tantos desastres provocaron en el siglo que
acaba de concluir.
Lo que resulta cada vez más evidente es que la
construcción de un mundo mejor es tarea compartida, no solo entre los poderes
más influyentes dentro de la escena internacional, sino en realidad entre todos,
aun los países pequeños y poco influyentes como los nuestros. La globalización
se hace efectivamente global o no prosperará. Es lo que se estará poniendo a prueba
de aquí hacia adelante.