Convicción, coraje y deseo. Esas son las tres palabras que rigen la filosofía de vida del entrenador cubano del equipo de marcha, Rigoberto Medina.
El caribeño, que ha logrado llevar esta disciplina a niveles insospechados, aclara de entrada: “Yo solo soy un auxiliar. Dios es nuestro entrenador”.
Y es esa fe en el Creador la que le ha permitido a “Maca” aguantar lo que él mismo califica como “desprecios” que en varias ocasiones ha sufrido durante su estadía en El Salvador.
Sin embargo, Medina no quiere recordar esos tristes momentos. “Incluso ahorita no tengo contrato. Además, la residencia la tengo vencida”, sostiene. Es por eso que prefiere hablar de lo que ha logrado. Y de lo que está por venir. “Si el año pasado, que no teníamos nada, logramos algo, ahora que ya contamos con la ayuda de algunas personas esperamos llegar más lejos.”
Medina se considera a sí mismo como “ambicioso”. Y dice que tiene razones de sobra para lograr sus objetivos.
“Estos muchachos, mis marchistas, tienen condiciones que no cualquiera tiene a escala mundial. Y yo sé que si me quedo de aquí a Pekín, El Salvador puede soñar con medallas olímpicas”, repite una y otra vez el cubano.
“Quiero que este país llore, se emocione por la marcha. Quiero que pase lo mismo que pasó en México, en Ecuador. Países donde nadie hablaba de la marcha pero que llegaron a ser potencias mundiales.”
Con más tiempo
Medina justifica su optimismo en la mayor cantidad de tiempo que ha tenido para preparar a sus muchachos.
“Ahora hemos hecho endurecimiento cardiovascular. El índice de resistencia ha aumentado”, indica.
“Maca” considera que el mundo está al alcance de la marcha salvadoreña. “Pero hace falta que la gente comprenda eso. Es necesario tocar puertas y corazones, porque de verdad necesitamos el apoyo para todos los muchachos.”