Nadie podría negar o eludir que nuestro país se mueve en un escenario muy complejo, tanto nacional como internacionalmente. Las condiciones de la economía global, y, en términos más generales, de la vida internacional, son cambiantes, imprevisibles y altamente competitivas.
Y, en un mundo en el que la competencia abierta se ha vuelto la clave del éxito y del progreso, el desafío para países como el nuestro adquiere proporciones nunca antes imaginadas.
Esto implica una tarea interna que va mucho más allá de las medidas indispensables para hacer más viable este tránsito rápido: es una toma de conciencia real y nacional lo que nos imponen las circunstancias.
¿Pero toma de conciencia de qué? En primer lugar, de que no podemos seguir viendo la realidad por fragmentos. Lo económico, lo social, lo político, lo cultural son un todo, y así hay que enfrentar los retos en cada una de esas áreas. Esta visión integradora aparece con creciente frecuencia aún en los análisis más especializados. Por ejemplo, en las ideas básicas que ha dado a conocer el INCAE de su investigación sobre el crecimiento sostenible en El Salvador, aparece más lo estructural que lo coyuntural. Temas como pobreza, gobernabilidad, equidad, recursos naturales y tecnología pasan a la primera línea del análisis, como debe ser.
Cuestiones como la pobreza y la seguridad van evidentemente de la mano; e igualmente son interdependientes la gobernabilidad y el crecimiento económico. Hay que abrir los ojos frente a lo que está pasando en los entornos latinoamericanos: la democracia formal no basta; ni siquiera basta la democracia participativa. Hay que avanzar hacia una democracia de resultados para la vida de la gente, a fin de que no se recaiga en aventuras políticas sin futuro, que secuestran el presente porque son absurdos reflejos del pasado.
Hacia la democracia de resultados
Las sociedades latinoamericanas padecen el creciente acoso de la polarización, que no es un simple enfrentamiento entre fuerzas o ideologías políticas, sino el viejo trastorno de la lucha social sorda, que está corroyendo las entrañas de nuestras democracias, casi todas ellas incipientes.
Los liderazgos políticos, económicos y sociales tienen hoy un compromiso histórico que no se puede evadir con ninguna justificación: el compromiso de dar contenido real a las democracias formales.
No es, pues, una lucha de formulaciones ideológicas, sino una responsabilidad integradora de las condiciones con los resultados, de tal manera que la sociedad como conglomerado humano vaya sintiendo que la democracia verdaderamente sirve para la vida.
En América Latina se está levantando una ola confusa y amenazante, bajo las banderas de la reivindicación social. Casos como los de Venezuela y Bolivia son los que más llaman la atención; pero también hay situaciones muy complicadas como en Brasil, Ecuador y Perú. Y Colombia es, por muchas razones, un nudo gordiano. Centroamérica, por el momento, salvo la interrogación sobre Nicaragua, parece más estable, en claro contraste con lo que pasaba en los años ochenta. Pero no hay vacuna contra la desestabilización: lo que hay son tratamientos preventivos, que ayudan a resolver los trastornos estructurales.
Hay que analizar las recomendaciones de los expertos, pero sobre todo hay que oír los ecos de la vida real. La democracia necesita el continuo ejercicio aeróbico de la calle. Si el ciudadano la asume como propia, todos los peligros son sobrellevables.