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EL DESPERTAR. En 1917, el volcán de San Salvador o Quezaltepec despertó. La laguna que ocupaba el fondo del cráter se secó y un flujo de lava salió del flanco noroeste del Boquerón y se desplazó hasta la actual Quezaltepeque.
San Salvador es temeraria

Por Metzi Rosales Martel

La capital salvadoreña y ciudades como Santa Tecla duermen en las faldas del volcán que un día las puede destruir. Mañana se cumplen cinco años del segundo terremoto de 2001 y en octubre 20 años del sismo que azotó San Salvador en 1986. En 1917, el volcán Quezaltepec despertó de un siglo de descanso y con su enérgica erupción de varias semanas destruyó la capital y poblados vecinos. El ciclo de actividad eruptiva de 85 a 100 años ya se cumplió, y aunque nadie osa decir que está despertando, los expertos temen no estar listos para cuando amenace a los más de dos millones de habitantes de sus alrededores.

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El verdadero monstruo

Durmiendo con el enemigo

El crater del volcán de San Salvador


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Tierra de volcanes

 

El Salvador tiene 23 volcanes activos.

Monitoreo

De los 23 volcanes, solo seis tienen vigilancia permanente.

Desastres

LODO

1982

Un flujo de lodo soterró a los habitantes de Montebello.

LAVA

1917

Del flanco noroeste del volcán salió lava hasta Quezaltepeque.

EL PLAYÓN

1659

Nejapa fue cercada por la lava que recorrió 10 kilómetros.

Cataclismo

Ciclo

10 mil años tarda el Ilopango en hacer una erupción cataclísmica.

La mujer camina despacio por la acera. Lleva a un pequeño de la mano. Conversa y sonríe con él. Pasa de largo por la guardería Happy Children, donde otros padres aparcan y dejan a sus hijos. Son las 6:30 de la mañana. Las tiendas, panaderías y cafeterías de la zona abrieron media hora antes. En la calle al Boquerón circulan decenas de automovilistas. En la otra acera, varios hombres, con mochilas a cuestas, se dirigen al volcán de San Salvador.

Unas cuadras hacia el norte, en la residencial Asturias, la escena es similar. Una cuadrilla de hombres se ha bajado de un autobús, algunos hacen una breve estación en las tiendas aledañas para comprar pan dulce o soda, otros se abastecen de las canastas de los panaderos.

Es un miércoles y la ciudad empieza a despertar. Donde se cortan la calle Chiltiupán con la 17.ª avenida norte, una canillita grita su mercancía justo cuando el semáforo cambia de amarillo a rojo. Algunos transeúntes se acercan a ella y ojean el periódico mientras esperan el bus de la 101-D.

La mujer y el niño continúan el recorrido en la acera. Cruzan en un pasaje que está a su derecha y ella se despide con un beso al dejarlo en el Colegio Bilingüe Salvadoreño. Retrocede y, a través de la malla ciclón que cerca el pequeño patio, da otro besito en la boca a su pequeño. Luego acelera el paso y se pierde al final de la senda.

En la cafetería de enfrente, un joven se detiene a desayunar, respirando la relativa tranquilidad de la zona. Tranquilidad que no debe ser motivo para dormir.

El mapa de amenazas del volcán de San Salvador o Quezaltepec advierte que las quebradas Buenos Aires y Santa Teresa, que pasan por el noreste de Santa Tecla y por ciudad Merliot, serían algunos de los cauces naturales que un eventual flujo de lodo (lahares) buscaría, en caso de llegar esa erupción que se prevé que algún día ocurra.

En esa ruta de colisión están construidas estas y otras residenciales o urbanizaciones, que también pueblan las faldas del volcán, en el poniente de San Salvador (ver infográfico en páginas 8 y 9).

Ese mapa, los enjambres sísmicos registrados en febrero de 2004 al sureste del volcán y el ciclo de actividad eruptiva —que es de 85 a 100 años y cuya última erupción data de 1917— preocupa a los físicos de la Universidad de El Salvador (UES) que monitorean cinco de los seis volcanes considerados con mayor potencial de causar daños.

“San Salvador es el volcán que más nos aflige por la densidad poblacional que tiene”, confiesa Rodolfo Olmos, licenciado y máster en Física, catedrático de la Universidad de El Salvador (UES).

Y no obstante la amenaza real para los habitantes de las faldas del volcán —como ilustra el mapa elaborado en 2001 por el Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS) y el salvadoreño Servicio Nacional de Estudios Territoriales (SNET)—, la montaña que hace 89 años lanzó lava y cenizas y destruyó la capital y alrededores, apenas es observada por un ojo a medio abrir.

Lava que dejarás correr

Osvaldo, al igual que otros niños, corre detrás de los vehículos que buscan parqueo en la finca El Boquerón, a más de 1,800 metros sobre el nivel del mar. “¡Le cuido el carro, le cuido el carro!”, ofrecen las vocecitas. “¡Andá enseñales, acompañalos!”, ordena la madre al niño de ocho años.

Oscurece cuando el niño escala rápida y ágilmente el camino empedrado. Unos metros antes de llegar al cráter, a su derecha, están instaladas las antenas de unas televisoras y de la radio nacional. El lugar, cercado por malla ciclón y protegido con alambre razor, resguarda una caja rectangular enterrada cerca del Boquerón.

El metal de la caja está oxidado y una infinidad de hojas de pino cubre la tapa asegurada con un candado. El centinela del lugar, David León, aparta troncos, ramas y más hojas de pino que casi ocultan uno de los lados. Solo un rótulo caído de lámina enmohecida y picada da pistas sobre qué es esa caja: estación sismológica El Boquerón.

Estación que no es visitada por los técnicos del SNET desde hace tres años, cuenta David, quien trabaja allí desde noviembre de 2002.

A menos de tres kilómetros en línea recta al noreste se encuentra El Picacho, el punto más alto del volcán, y que domina las miles de casas a sus pies, allá abajo. Allí, en un terreno vigilado por el Ministerio de Defensa, están las antenas de la radio del ejército y de los canales estatales 8 y 10 y una caja similar a la de la estación El Boquerón. Igual en dimensiones, pero distinta en contenido: en diciembre de 2004, comenta un lugareño, se llevaron el sismógrafo. De la malla ciclón no quedan vestigios, ni del rotulito metálico que explicaba que ese no era un dispositivo militar sino una estación de vigilancia sismológica.

Demetrio Escobar, vulcanólogo del SNET, no sabía hasta este martes que esa estación no estaba funcionando. Sin embargo, después de una consulta telefónica y de indagar con los sismólogos del SNET, supo la verdad. “Pensé que estaba allí porque soy vulcanólogo y eso lo ve sismología”, se excusó.

Esa estación estaba conectada a otra similar a casi seis kilómetros de distancia, en la finca Las Granadillas. Ahora ambas han dejado de registrar los movimientos del volcán.

En El Boquerón, Osvaldo avanza hasta llegar al borde y comenta que hace un par de horas, su hermana, cuatro años mayor que él, fue a darle la vuelta al cráter con unos excursionistas y ya demoró bastante. Ella conoce el camino y al niño no le inquieta la posibilidad de una erupción.

Pero al menos sí debería, como muchos pobladores de la capital y de Santa Tecla, ponerle atención. La actividad del volcán desde diciembre de 2004 solo es monitoreada por la estación sismológica El Boquerón y por una estación de la UES que mide emisiones de dióxido de carbono en el cerro La Hoya, aunque la idea, según la coincidencia de los expertos, sería tener una red de al menos tres estaciones de sismología más vigilancia de emisión de gases.

En 2004, entre el 16 y el 24 de febrero, cuando aún funcionaban las tres estaciones sísmicas del SNET, El Boquerón, Picacho y Las Granadillas, se registraron 60 sismos, de los que ocho fueron sentidos por la población con intensidades entre 2 y 3.

La magnitud máxima alcanzada por los eventos fue de 3.5 en la escala de Richter, con profundidades menores a 10 kilómetros. “Los epicentros de este período de sismicidad extraordinaria”, según el reporte del SNET, fueron ubicados en el flanco sureste del volcán, en la colonia Escalón, lugar de residencia de Carlos Pullinger, director del servicio geológico del SNET.

Estos enjambres de temblores han alertado a los físicos de la UES, pues hacen una inmediata asociación con la erupción del volcán Ilamatepec, el 1.º de octubre de 2005. Francisco Barahona recuerda que el volcán de Santa Ana tuvo un comportamiento similar al de San Salvador antes de erupcionar.

En enero de 2002 hubo enjambres sísmicos al oriente del Ilamatepec. Después la estación de la UES registró un incremento en la emisión de gases, signos de que el magma estaba inquieto.

“La primera señal de aviso fueron los enjambres sísmicos, luego el cambio de magnitud de dióxido de carbono (CO2)”, enumera Barahona.

Pullinger reconoce que debe prestarse atención a los enjambres sísmicos, aunque “esto no quiere decir que el volcán hará erupción”, apuntala. Para luego ironizar: “No podemos salir gritando: ‘¡Hoy va a haber erupción!’”.

De hecho, el informe emitido por el SNET en febrero de 2004 resume que los sismos fueron provocados por la reacomodación de fallas tectónicas que cruzan la ciudad de San Salvador y su área metropolitana. El mismo informe descarta actividad eruptiva: “El volcán de San Salvador no presenta rasgos de actividad, exceptuando la emisión muy débil de gases a través de las fumarolas del cerro La Hoya”.

No es prioridad

El mapa de amenazas de la USGS y del SNET prevé que el Quezaltepec, de un volumen aproximado de 110 kilómetros cúbicos, lanzará en el cantón El Progreso, en los alrededores del cráter del Boquerón, rocas, oleadas piroclásticas y flujos de lava. En ese cantón residen Osvaldo y 4,650 personas más.

Hugo Delgado, geólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), quien ha trabajado en el diseño de los mapas de amenazas, considera al Quezaltepec el volcán más peligroso de El Salvador. Peligroso por la cantidad de habitantes que viven sobre él y en sus faldas. Incluso al borde del cráter hay construcciones, como una casa que hasta tiene helipuerto.

“Los mapas procuran mostrar a todos, en particular a las autoridades, cuál sería la distribución probable de amenazas para que sepan cómo ubicar a la población y adecuar las leyes (de ordenamiento territorial)”, explica Delgado.

En 1998 se aprobó una ordenanza que regula las construcciones en el Boquerón. En el cantón El Progreso, un rótulo metálico de la Alcaldía de Santa Tecla advierte que está prohibido todo tipo de construcción en esa zona por ser de máxima protección. Las letras están corroídas y grandes manchas de pintura rosada han sido tiradas sobre el rótulo. Sin embargo, en agosto de 2004, seis nuevas viviendas fueron construidas en esa zona.

Una investigación geológica sobre los riesgos del volcán realizada en 2001 por el USGS y el SNET prevé que cuando las erupciones del San Salvador ocurran de nuevo “estarán en riesgo una parte importante de la infraestructura y de la población”.

El documento de 30 páginas, que consigna la historia eruptiva del volcán, recomienda que ciudadanía y gobierno planeen formas de evacuación conjunta en caso de erupción o flujos de lodo. Sin embargo, la Comisión Nacional de Protección Civil carece de un plan para este tipo de riesgos. Es más, no tiene los mapas de amenazas ni el dato exacto de cuántos habitantes estarían en riesgo si alguno de los escenarios de amenaza se presentara.

Lo que sí saben en la comisión es enumerar los municipios en riesgo: San Salvador, Mejicanos, Apopa, Ayutuxtepeque, Nejapa, Quezaltepeque, Opico, Colón, Santa Tecla y Antiguo Cuscatlán.

Aunque Pullinger reconoce que un número limitado de copias de los mapas fue entregado, dice que en el sitio web del SNET se pueden consultar. Rápido recapacita y recuerda la baja cantidad de conexiones a internet en el país. Para 2004, la SIGET estimaba que uno de cada 58 salvadoreños puede conectarse a internet. Eso lo lleva al escarmiento: “Lo importante es conocer el riesgo, en eso fallamos, en que no conocemos el riesgo”.

Para Delgado, la forma más eficaz y eficiente de medirle el pulso a un volcán es monitoreando la sismicidad, la emisión de gases y la medición de las deformaciones del edificio volcánico. Lo ideal es que tres estaciones vigilen la sismicidad, asegura. “Solo una estación de sismicidad es limitada para una ciudad como San Salvador, la inversión en esa materia debe considerarse”, aconseja. Opinión que es compartida por los físicos de la UES.

Pullinger difiere de esto. Para él una estación sísmica da abasto ahora mismo: “Es más que suficiente estar funcionando con una”. Su confianza se basa en que el volcán no ha dado señales de erupcionar a mediano plazo, asegura. En el momento en que las dé, se instalarían más, dice. Sobre las estaciones de monitoreo que ya no funcionan y que él se empeña en citar como parte de la red de vigilancia, dice que dentro de poco serán reinstaladas.

En tierra de tuertos

Pullinger está preocupado por lo que pueda estar ocurriendo en las entrañas del Quezaltepec. “La vulnerabilidad va creciendo y el volcán va a hacer erupción en nuestras vidas”, admite. Luego confiesa que con la información que tiene del Quezaltepec “no compraría una casa en el volcán”.

Las confesiones continúan. Para monitorear e investigar los volcanes como es debido se necesitan recursos. Por hoy, en la agenda gubernamental no hay recursos ni es prioridad la cadena volcánica, acepta Pullinger. Luego ejemplifica que si se recortara dinero del presupuesto de educación para dedicarlo al estudio de los volcanes y pasan 50 años sin que estos se activen, habrá más analfabetos y el SNET estará en el ojo de la tormenta.

Benancio Henríquez, uno de los físicos de la UES, se asombra y reflexiona cuando desde la cima del Picacho, a 1,960 metros de altura, ve la cantidad de potenciales víctimas en los alrededores del Quezaltepec: “El riesgo en relación con la población que tenés alrededor del sitio lo hace más delicado. Hay que estar pendiente de cualquier signo que se presente”.

Dice que en su caso, al buscar casa, para mayor seguridad él extiende un par de kilómetros los perímetros de amenaza.

Sin embargo, Pullinger insiste en que los enjambres sísmicos de 2004 en la colonia Escalón no deben hacer que cunda el pánico. Aunque sospecha que el terremoto del 13 de enero de 2001 pudo activar los volcanes, dice que el Quezaltepec no ha dado nuevas señales. El coloso al que de verdad le teme este vulcanólogo es al Ilopango (ver nota en página 6), del que no hay mapas de amenazas ni monitoreo.

La investigación sobre los riesgos del volcán San Salvador de 2001 vaticinan un escenario fatídico: “Los principales efectos de las futuras erupciones o desprendimientos de tierra probablemente se confinarán dentro de aproximadamente 10 kilómetros alrededor de la cumbre del volcán. Sin embargo, los lahares de mayores dimensiones pueden viajar más de 10 kilómetros lejos de la cumbre”.



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