Aristóteles, Leonardo da Vinci, Albert Einstein y Stephen Hawkings son típicos cuando se habla de genios. Su herramienta fundamental ha sido la inteligencia y, por ello, el estudio de esta ha apasionado a los científicos y, en la medida en que la ciencia se ha acercado a ella, el término de genios se usa con más reserva. Por ejemplo, en El Salvador, ya no se habla de “niños genios” ni superdotados, sino de jóvenes con talentos especiales. Si son genios, la historia lo demostrará.
¿Puedo saber cuán inteligente soy?, se pregunta la gente en el mundo. Una respuesta de consenso llegó con el coeficiente intelectual, el célebre CI (o IQ, por sus siglas en inglés), resultado de una prueba ideada en 1900 por dos sicólogos franceses, Alfred Binet y Theodore Simon. El fin era hallar una medida que predijera el éxito o el fracaso académico de los estudiantes. Se trataba de la relación (división) entre la edad mental y la edad real, multiplicada por 100.
La prueba pronto se constituyó en la herramienta genuinamente científica de la sicología, que fue perfeccionándose hasta llegar, en la mitad del siglo XX, al cálculo Wechsler (David), el paradigma actual.
El CI tomó tanta importancia que generó una clasificación de los seres humanos partiendo de una “visión uniforme”. Las escuelas estadounidenses buscaron separar a los estudiantes con CI mayor de 130, y los llamaron superdotados. La Universidad de Harvard, por ejemplo, exige un CI alto, lo que excluye al 95% de la población tiene que tiene un CI entre 70 y 130.
El carácter unidimensional del CI siempre levantó críticas entre especialistas. En los años setenta, el fortalecimiento de la ciencia cognitiva (el estudio de la mente) y la neurociencia (el estudio del cerebro) mostró nuevos horizontes. Howard Gardner planteó la teoría de las inteligencias múltiples, a partir de un enfoque radicalmente distinto: una visión que reconoce diversas facetas y potenciales de conocimiento.
En esta línea, en 1995 aparece la noción de inteligencia emocional (IE), con Daniel Goleman: “La capacidad para leer nuestros sentimientos, controlar nuestros impulsos, razonar, permanecer tranquilos y optimistas cuando nos vemos confrontados a ciertas pruebas y mantenernos a la escucha del otro”. Esta escuela admite que el CI interviene en un 20% en las probabilidades de éxito, pero sostiene que el 80% restante depende de la IE.
El Programa de Jóvenes Talentos de la Universidad de El Salvador, explica Mirna Aldana, una de las sicólogas involucradas, no se ata a la medición del CI, aunque es un parámetro que se toma en cuenta. “La aplicación del test para el CI lleva dos horas con cada alumno”, explica. Solo durante los tres primeros años se aplicó a todos; en la actualidad se aplica a casos específicos. La medición aplicada hoy es la del TEA, un examen que puede aplicarse a grupos y que mide las aptitudes para el trabajo escolar en una escala de 1 a 99.
“Se pretende reforzar otros aspectos en el futuro; de hecho, hay un grupo de estudiantes de Ciencias de la Educación evaluando la inteligencia emocional de los jóvenes del programa”, asegura Aldana.
Por el momento son 291 jóvenes y tres sicólogas las que acompañan el proceso realizando pruebas, informes y atendiendo casos remitidos por desmotivación, bajo rendimiento o problemas conductuales.
De lo simple a lo complejo
La historia del programa es seria, aunque está enmarcada por espontaneidad y entusiasmo, y no por una política de Estado.
Para la convocatoria en México de las Olimpíadas Iberoamericanas de Matemáticas de 1997, un grupo de jóvenes salvadoreños fue entrenado durante un mes en las instalaciones de la Universidad de El Salvador (UES).
En ese debut se llevaron un primer lugar por equipos y también el entusiasmo de los jóvenes, quienes identificaron la necesidad de que el entrenamiento fuera más prolongado.
El ingeniero Carlos Canjura, director del Departamento de Matemáticas del alma máter, apreció el interés en los olímpicos y lo primero que hizo fue encontrar profesores voluntarios que atendieran a los interesados. También buscar tiempo y espacio libres. Así nació la academia sabatina en las aulas del edificio de Ciencias Naturales y Matemáticas de la UES, que los sábados eran invadidas por escolares provenientes de todos los departamentos del país.
Los resultados fueron casi inmediatos. “Ya en 1998, el segundo año de participación en las Iberoamericanas, se logró una medalla de bronce y una mención de honor”, cuenta Canjura.
A nivel nacional, se había instaurado el Certamen Nacional de Matemáticas ese mismo año, el cual movilizó al sistema educativo en su totalidad, y permitió identificar el talento juvenil en esta disciplina. También atrajo nuevos estudiantes sabatinos.
En 1999, El Salvador obtuvo su segunda medalla de bronce de las Olimpiadas Iberoamericanas de Matemáticas, en Santo Domingo. La ganó Riquelmi Cardona, un estudiante del Instituto Nacional San Martín de Porres, que ese año había obtenido la mayor nota en la PAES. En la contienda internacional, un estudiante del Colegio Externado de San José, Gerardo Zelaya, ganó una mención de honor.
Un año más llegó, y el éxito ya no podía ser cuestionado cuando Riquelmi y Zelaya, junto con Humberto Sermeño, se apoderaron de la Copa Puerto Rico, que se otorga al país que evidencia mayor progreso en participación olímpica.
Ambiciones y propósitos
La academia sabatina y los olímpicos recibieron más atención de parte de la UES. “En aquel tiempo, el objetivo era participar en la Olimpíadas; sin embargo, al ver los resultados y lo que es posible que alcancen nuestros estudiantes, se planteó un propósito más ambicioso”, relata Canjura.
La rectora de la UES, María Isabel Rodríguez, propone al MINED la creación de un programa de mayor amplitud a que sume áreas del conocimiento. Fue determinante la asesoría de Carlos Vela, un científico salvadoreño que trabaja en un programa para superdotados en Estados Unidos. Se toma como base a la escuela sabatina dirigida por Canjura.
El nuevo propósito fue “darle al país cuadros de alto nivel en el campo de la ciencia y la tecnología”, según el documento fundador del flamante Programa de Jóvenes Talentos (PJT), que partía del convencimiento de que en El Salvador hacen falta profesionales en las ciencias duras.
El programa ve la luz en un acto al final del año escolar de 2000. Una jornada de cursos intensivos de nivel universitario llamada Futuros Dirigentes Técnico Científicos de El Salvador (FDTC), la cual se repite cada año desde entonces.
Niños y jóvenes de entre 8 y 15 años que han sobresalido durante el año en la academia sabatina reciben cursos de geometría elemental, elementos de matemática discreta, geometría descriptiva, física moderna, química orgánica, genética, mecánica vectorial, cálculo diferencial e integral y sistemas digitales, entre otras materias. Según los informes de cada FDTC, el promedio de notas siempre ha sido superior a 8, arriba del promedio de los estudiantes inscritos formalmente en carreras universitarias.
Se crea el PJT como tal y se lanza la primera convocatoria para niños desde séptimo. La vía de evaluación son las Olimpíadas.
Con esta estructura, el PJT inició con siete niveles, cada uno correspondiente a un grado desde quinto hasta segundo de bachillerato. En principio, en cada nivel se ubica a los niños según su edad escolar; sin embargo, según sus capacidades y por pruebas objetivas, pueden ir subiendo de niveles. El nivel más alto es el de los olímpicos.
Ahora se convoca desde quinto grado. “Se ha ampliado así en función de las capacidades instaladas de cuadros docentes que atienen a la población”, detalla Canjura, y reconoce que no se tiene la capacitación adecuada para atender a niños más pequeños con alto nivel intelectual.
Sin embargo, este año, el programa por primera vez ha recibido a niños de segundo y tercer grado como casos excepcionales.
Pero no solo se ha ampliado el cupo, los niveles y las edades, sino también los contenidos. Desde este año, a los 291 estudiantes admitidos y readmitidos (cada año los estudiantes deben someterse a las mismas evaluaciones de los nuevos para su readmisión) también se imparte materias de ciencias naturales como química y biología, ya que se pretende participar en las olimpiadas de estas ciencias.
Modelos estratégicos
El FDTC de 2000 también da pie a una prolongación del PJT: el Programa de Educadores Modelo. En este se da cabida a los estudiantes del PJT que entran a la universidad. Reciben capacitación como instructores de los nuevos talentosos, pero el propósito no es solo que sean docentes, sino seguir desarrollando sus cualidades de liderazgo intelectual y convertirlos en autodidactas para que no interrumpan su formación y se sumen a programas de investigación.
En 2006, el PJT cuenta con 28 educadores modelos en el área de matemáticas y 25 más en ciencias naturales, provenientes de la UES y de la UCA.
Desde 2000, la UES asigna 120 mil dólares al programa y el MINED 300 mil. Ahora los profesores reciben salarios. El MINED sostiene el programa y facilita becas, pero el PJT sigue siendo una isla que no se ha integrado al sistema educativo, por lo que continúa dependiendo de la UES y de iniciativas individuales, y los resultados no son potenciados hasta donde podrían llegar.