Lejos del flamenco, de sus concurridas playas, del Museo del Prado o de sus históricas catedrales. Lejos de todo aquello que llevó el año pasado a 56 millones de extranjeros a visitar España. Lejos de los atractivos que se anuncian en los escaparates de las agencias de viajes. Lejos de todo ello hay cautivadores rincones, como Villahán.
Situado en la castellana provincia de Palencia, este pequeño pueblo simboliza a la perfección una España desconocida para el turismo de masas, pero que encierra incuestionables atractivos para el visitante ocasional. Es la España profunda, la España rural, aquella por la que el tiempo transcurre más despacio.
Ese paso de los años no ha sido un buen aliado ni para Villahán ni para los cientos de pueblos cuyo encanto no ha impedido que sus calles se vean cada vez más vacías. Todas ellas son las poblaciones que pagaron el peaje de la acelerada industrialización que vivió España en las décadas de los sesenta y setenta.
Las cifras del Instituto Nacional de Estadística español son concluyentes. Villahán lo habitaban 614 personas en el año 1900; 50 años después, 595; y el último censo, de 2005, cifra en 117 los villanuscos que residen en un casco urbano cuya estructura apenas ha sufrido modificaciones en décadas.
Todos allí saben, sin embargo, que la cifra real de habitantes es bastante inferior a la oficial. Saben también que el frío invierno de Castilla vacía casi por completo las calles, que solo reviven con la llegada de los períodos festivos, aquellos que aprovechan los hijos y nietos de los villanuscos para reencontrarse con sus raíces.
Un ilustre pasado y un futuro incierto. Los pueblos como Villahán son parte de la España a la que más le costó adaptarse al presente.