Ante el anuncio de la integración de una comisión o mesa de diálogo
para examinar el problema de la criminalidad, me viene a la mente
el ingenioso corolario que alguien añadió a uno de los textos centrales
de las sagradas escrituras. El texto modificado se lee así: “Dios
amó tanto a los hombres, que envió a su Hijo único, y no a una comisión,
para redimirlos de todos sus pecados”.
El buen gobernante sabe auscultar el sentir de la población, analiza
la viabilidad y las consecuencias previsibles de los cursos de acción
que se le sugieren, toma decisiones que nunca satisfacen a todos,
habla con quien sea necesario para neutralizar resistencias y sumar
apoyos a sus decisiones y, finalmente, las ejecuta con convicción,
aunque siempre dispuesto a realizar los ajustes necesarios.
No hay sustituto para ninguna de las dimensiones de ese proceso.
A cada una debe dedicársele suficiente tiempo y energía, pero sin
olvidar que, al fin de cuentas, la gente espera resultados. En una
democracia, el mandatario no debe actuar sin consultar, pero tampoco
puede pasarse la vida consultando. Puede delegar responsabilidades,
pero debe saber identificar las situaciones que reclaman su intervención
directa. Esto es particularmente válido en momentos de crisis y
de amenazas graves e inminentes al bienestar y a la seguridad de
los ciudadanos.
El tema de la violencia y la delincuencia se ha discutido hasta
la saciedad. Los remedios que se han venido proponiendo son todos
ellos sumamente polémicos. En este tema, las diferencias de opinión
no obedecen solo ni principalmente a visiones ideológicas o intereses
partidarios. Hay gente de todos los colores políticos a favor o
en contra de la pena de muerte, el exterminio de pandilleros, la
participación de la Fuerza Armada, los jueces sin rostro, la restricción
del uso de armas de fuego y cualquier otra “solución”
imaginable.
No hay comisión que pueda poner punto final a esa polémica o añadir
algo realmente novedoso a lo que ya se ha dicho. Me atrevería a
pronosticar que ni siquiera lograrán ponerse de acuerdo los propios
comisionados, dado que algunos de ellos tendrán que pedir permiso
a sus organizaciones para opinar o para estampar su firma en un
documento que recoja el criterio de la mayoría.
El recurso de formación de comisiones consultivas le otorga a un
gobierno cierto grado de lo que en la ciencia política se conoce
como “legitimación por procedimiento”, es decir, una
legitimidad que no deriva necesariamente de lo atinado de las políticas
resultantes, sino meramente de la forma o el procedimiento (participativo)
utilizado para llegar a unas determinadas conclusiones.
Las comisiones consultivas o mesas de diálogo tienen alguna utilidad
política en determinadas coyunturas o pueden servir, si están integradas
con gente idónea, para recomendar soluciones técnicas de largo plazo
a problemas que no han sido suficientemente estudiados. Pero ese
no es el caso de la crisis que vive la sociedad salvadoreña a causa
del auge delincuencial.
Por una parte, el recurso de las mesas de diálogo está ya bastante
gastado y ha perdido la frescura y la credibilidad de las que gozó
en los primeros meses del actual gobierno. Por otra parte, hay un
fuerte clamor ciudadano que no puede ser ignorado y que debe interpretarse
como un agotamiento de la paciencia y una exigencia de acciones
inmediatas y eficaces.
Lo que hace falta es que el gobierno analice lo que ya se ha propuesto
y articule cuanto antes una política coherente, con prioridades
escalonadas, concentrando en el corto plazo los recursos y esfuerzos
en combatir las formas de criminalidad que más están golpeando a
la sociedad. Este no es trabajo para una comisión, sino para el
gabinete de seguridad, apoyado privadamente, si hiciera falta, por
un equipo de expertos en la materia.
El esfuerzo debe ser conducido por el propio presidente, quien
tendrá que hacer valer su liderazgo y su autoridad para que sus
decisiones tengan suficiente apoyo, sean obedecidas y empiecen pronto
a producir los resultados deseados.
Ante el problema que más nos agobia en estos días a los salvadoreños,
necesitamos un presidente dispuesto a tomar el bate y mandar a lo
profundo alguna de las veloces curvas que le están lanzando los
ciudadanos, sus adversarios o sus propios aliados tradicionales.
Tiene bases llenas, presidente. Tiene a todo el público de pie,
unos pocos deseando que se equivoque, casi todos esperando que acierte.
Tome el bate y anote el cuadrangular que salvará su presidencia.
Es hora de decisiones y acciones, no de más comisiones.