Servicios   Descargas   Blogs
El Salvador, CA
  › Febrero 8 de 2010

Las volcaneñas, entre lo sublime y lo folclórico

Hasta mediados de 1940, el colorido perfil de las mujeres indígenas que bajaban del volcán con su cargamento de flores y frutos aun se movía en las principales calles de San Salvador y Santa Tecla. Su peculiar manera de vestir arrancaba suspiros e inspiraba a la belleza. Ello valió para que se convirtieran en ícono del folclor salvadoreño.

Por: Carlos Alberto Chávez; fotos: Janett Cornejo, archivo LPG y tomadas del libro “San Salvador. El esplendor de una ciudad. 1880-1930”
Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 7/1/2007

E

n las viejas fotos del San Salvador de inicios del siglo XX, aparecen, congeladas en el tiempo, las imágenes de mujeres de andar presuroso, que llevan sobre sus morenos rostros canastos rebosantes de frutas y flores, tan iridiscentes como sus amplios vestidos, creando escenas llenas de color y magia que contrarrestaban la monotonía del otrora elegante centro capitalino. Eran las volcaneñas. Mujeres de origen indígena. Proveedoras de belleza e inspiración.

Hacia 1900 la aristocrática sociedad capitalina y tecleña se hallaba inmersa en el bienestar que la industrialización del café y el comercio brindaban a las pequeñas metrópolis. La línea entre lo campirano y lo urbano era delgada, pero marcada. Desde la periferia de la ciudad llegaron las nativas de origen náhua-pipil a abastecer de legumbres y otras plantas de clima frío los mercados, fueron llamadas por antonomasia como “las volcaneñas”, delatando su lugar de procedencia.

Con las visitas diurnas a la ciudad, las volcaneñas terminaron por adoptar el vestido de las citadinas —que a su vez usaban modelos franceses—. El sincretismo entre dos culturas, visible a través del vestir, dio como resultado el famoso traje de volcaneña, caracterizado por un abultado vestido policromático, confeccionado con una tela sedosa, y que repetía todas las tonalidades del arco iris.

Con el devenir de los años, la estampa de la mujer volcaneña, con su traje y carga, sería convertida en un sublime emblema patrio que sintetiza la tradición oral, las costumbres, leyendas, baile y música de El Salvador.

Hoy, y detrás del vestido ícono del folclor salvadoreño, se esconde la realidad de sus descendientes, quienes continúan afincados en la cima del volcán de San Salvador, a más de 1,800 metros de altitud, cosechando vegetales para subsistir, tal y como lo aprendieron de sus antepasados.

Petrona Cañengue de Nerio es parte del eslabón generacional de las volcaneñas. Durante sus 75 años de vida ha morado a solo metros del cráter del volcán: El Boquerón.

Las lágrimas afloran en sus ojos cuando recuerda a su progenitora: “Sí, mi mamaíta se iba a pie hasta el mercado de Santa Tecla o San Salvador, y no volvía hasta que vendía todo; regresaba tarde y cansada, y aún así atendía a mi abuela y a mis hermanos”. Con una mirada nostálgica, agrega que aún tiene la imagen de ambas usando el colorido y brilloso traje de antaño.

A manera de rito ancestral, Petrona selecciona de su pequeño huerto casero, con un día de antelación, docenas de flores, güisquiles, manojos de perejil y espinaca y los coloca en un orden casi cromático dentro de un canasto.

“Los martes y jueves me reúno con otras floreras a las 2 de la madrugada, y me llevo el bulto en el bus, para estar temprano en el mercado, allá abajo, donde me esperan otras revendedoras. Con suerte, al mediodía estoy de regreso”, asevera la volcaneña.

Petrona engendró 16 hijos, la mitad de ellos son mujeres. No obstante, casi toda su progenie se dedica de alguna manera al atávico comercio de flores. Por esta razón decidió hace cinco años heredarles un terreno repartido en 16 pequeñas parcelas. La porción que corresponde a su hija menor, Delma Contreras, de 35 años, posee una impresionante vista de la enorme urbe capitalina. Desde allí Delma siembra, cuida, cosecha y viaja valle abajo para vender lechugas, ruda y aves del paraíso.

Otras mujeres y hombres dedicados a la horticultura en pequeño se afanan cultivando en el interior del escarpado y profundo Boquerón, ante la falta de tierras —ocupadas por enormes fincas cafetaleras privadas y por el crecimiento de la ciudad— . Ante esta situación, hombres y mujeres del volcán se internan a diario dentro del cráter, exponiéndose a ser soterrados por lo inestable del terreno.

Sin embargo, la fertilidad de estas tierras recuerda que el volcán ha sido benigno con ellos, incluso en su última erupción, en 1917, la cual desecó la laguna situada al fondo del cráter, pero no a su comunidad, que hablaba lo mismo náhuat que español.

“Mi mamá me contaba que cuando ella tenía como 12 años, el día que hizo erupción el volcán estaba cenando con su familia y cuenta que todo se caía; la gente tuvo que irse a Santa Tecla a dormir, pero a los días regresaron y seguimos acá, porque para bien o mal aquí tenemos un techo”, asiente Petrona.

El sendero que dejaron las flores

El trayecto de ida y vuelta entre San Salvador y el volcán no era sencillo de vadear. Suponía llevar el peso de las mercancías y transitar por prolongados caminos de tierra a desnivel, sorteando las inclemencias del tiempo.

Según la memoria de las descendientes de las prístinas volcaneñas, este vaivén creó rutas de paso. La primera ruta era empedrada y unía a El Boquerón con Santa Tecla. El segundo paso se abría brecha entre la vegetación de la Cuesta del Guayabo hasta empalmar con el cantón El Carmen y proseguía por el actual paseo General Escalón hasta arribar al centro, esto suponía caminar 14 kilómetros redondos.

La tercera vía conectaba la estribación volcánica del Picacho con la entonces aldea indígena de San Antonio Abad, y desde allí se unía al corazón capitalino.

Paralelamente, según el libro “San Salvador, el esplendor de una ciudad”, de Gustavo Herodier, desde 1876 existió una línea de “tranvías de sangre (tracción animal)” que unía a San Salvador con Santa Tecla.

El clima suave del volcán y la avidez de flores de los sansalvadoreños han permitido que por más de 100 años se coseche ininterrumpidamente cualquier variedad de plantas ornamentales tales como barbona, cardo, azulinas, clavel, gardenias y hasta amapolas. En pleno siglo XXI, la producción de flores del volcán continúa dirigida a los mercados municipales, pero hoy enfocada al mercado de Santa Tecla. La demanda contemporánea exige aves del paraíso, orquídeas, lirios, gladiolas y rosas.

“Este negocio es poco rentable, es solo para sobrevivir. Por una docena de cartuchos podemos recibir solo $1.50, mientras en un negocio formal de San Salvador, la gente paga hasta $3 o $4 por docena”, se lamenta desde su huerta la volcaneña Isabel Meléndez.

En contraste, existen cooperativas florícolas privadas en el volcán que exportan flores a Estados Unidos, que reportan más ingresos.

El investigador de historia nacional Carlos Cañas Dinarte advierte que “las volcaneñas eran un grupo indígena que venía a San Salvador a proveer de flores el mercado Central, emplazándose entre las desaparecidas plaza 14 de Julio y el Portón de las Flores, frente al actual parque Hula Hula; para subrayar su procedencia campesina, eran llamadas ‘mengalitas’ o ‘chinas’. Algunas trabajaban realizando oficios domésticos o fungían como niñeras. Este contacto entre dos culturas creó una simbiosis, en la que ambos necesitaban del otro”.

La aseveración del historiador es confirmada por María de Cotero Escobar, una blanca y lúcida señora de 97 años, quien en su infancia residió cerca de la catedral. “‘¿Ya llegaron las volcaneñas?’ era la pregunta obligada que hacían las grandes señoras en los mercados, en búsqueda de azucenas, jazmines del cabo, albahaca y hasta guanabas y arrayanes. Algunas volcaneñas anunciaban en voz alta que llevaban ayotes o chilacayotes en sus canastos, mientras recorrían las calles; otras se sentaban en grupos, sobre las aceras, cerca del Palacio Nacional y platicaban únicamente entre ellas.”

La señora Cotero añade que era posible regatear los precios con estas comerciantes, que “para el día de todos los santos —2 de noviembre— preparaban coronas de cipreses y manojos de cartuchos y margaritas”.

Con un semblante franco y estoico, Petrona Cañengue afirma con orgullo que es una volcaneña más, simultáneamente su vista se posa sobre los capullos a punto de reventar de una rosaleda.

Con la complicidad de sus nietos, comenta que los más de 55 años que ha dedicado al cultivo y venta de flores le han valido su sustento diario y el de los suyos, lo que la hace estar en perfecto equilibrio con la naturaleza y las tradiciones que una vez su progenitora le enseñó.

“Las flores me mantienen con vida, cerca de Dios y de mis raíces”, puntualiza convencida la volcaneña.



Vestido de volcaneña, 1900
“Empezamos (el rodaje) en el barco. Nos metíamos dlos que podíamos caber; era terrible. Es la segunda vez en mi vida que he pensado que no se podía hacer. ‘No nos podemos mover en el barco y está todo el mundo vomitando. Esto no se puede hacer’, pero salimos adelante”, comentó Imanol Uribe sobre “La carta esférica”. podíamos caber; era terrible. Es la segunda vez en mi vida que he pensado que no se podía hacer. ‘No nos podemos mover en el barco y está todo el mundo vomitando. Esto no se puede hacer’, pero salimos adelante”, comentó Imanol Uribe sobre “La carta

Tres comparaciones
El vestido de las volcaneñas acusa una mimetización de diseños galos.

Belle Epoque (1890-1914)
Antes de la Primera Guerra Mundial, el lujo y extravagancia de la Belle Epoque trajo consigo la alta costura de París, exportando vestidos circulares voluminosos, ricamente decorados con encajes y capas. La moda daba a la mujer la forma de una S.

San Salvador, 1900
Las damas distinguidas de la capital de inicios de siglo XX respiraban la bonanza comercial y cafetalera del país, esto permitió vestirse a la usanza parisina, con modelos que eran lucidos en fiestas, quioscos y parques del antiguo centro capitalino.

San Salvador, 1900
El vestido de volcaneña adquiere las líneas y diseños franceses de los vestidos de las citadinas de Santa Tecla y San Salvador, pero incorporando características propias, como su colorido. El complemento del atavío era un chal de tela de manta, el cual solía ser amplio y largo.