Son una comunidad considerada muy grande en Belice, son los aproximadamente 50,000 salvadoreños que residen en distintos lugares de este país donde muchos, poco a poco, han ido progresando y se han transformado en pujantes microempresarios en áreas del turismo.
En la isla San Pedro, en los cayos norteños de Belice en la zona del Caribe, unos 2,000 salvadoreños se han instalado desde hace muchos años, entre ellos se encuentra Concepción Ramírez, de 57 años, quien llegó hace cinco años a la zona, aunque ya tiene 20 años de estar en Belice y de haber dejado su tierra natal El Salvador.
Llegó huyendo de la guerra, y aunque su interés era viajar hacia Estados Unidos, al final se quedó en Belice, adonde cuenta le costó conseguir trabajo, hasta que se dedicó a la construcción.
En la isla, Ramírez puso su propio negocio, con lo que pudo ahorrar en sus años como trabajador de construcción, se compró una pequeña casa a la orilla del mar en San Pedro y un microbús que transformó en taxi, ahí también conoció a su esposa.
El hombre salvadoreño, de cuerpo delgado y un gran bigote, se casó al poco tiempo de estar en la isla con Adela Esperanza Pocasangre, de 51 años. Ella vive en la isla desde hace 10 años, pero tiene 23 años fuera de El Salvador.
Concepción y Adela Esperanza, que es propietaria de una pequeña tienda de ropa en San Pedro, aseguran que su vida “ha sido dura y difícil alejados de sus familiares”, pero eso los estimula a superarse, asegura la señora, quien junto a su esposo ahora planean ampliar el negocio del transporte.
En la isla, otros salvadoreños están dedicados al turismo con negocios como pequeños bares, tiendas de ropa o de alquiler de equipos de buceo, restaurantes o como propietarios de taxis.
Fuera de la isla, en la capital beliceña, Belmopán, los salvadoreños son reconocidos por su laboriosidad y porque son muy numerosos: se estima que al menos unos 30,000, de los 50,000 que hay en todo el país, viven en la zona de la capital.
En Belmopán se encuentra un lugar llamado Valle de Paz, es una enorme zona residencial donde solo viven salvadoreños con sus familias y donde muchos son empleados de comercios, hoteles o fábricas, y otros empresarios.
Ahí vive la chalateca Victoria Fuentes, de 48 años, propietaria de un restaurante y una sala de belleza en pleno centro de Belmopán, negocios que pudo instalar con ayuda de su esposo.
Añora el país, pero aclara: “Mi esposo y mis hijos están aquí, y gracias a Dios he logrado salir adelante, hoy ayudo un poco a mi familia en El Salvador”.