Bogotá. El frío hace de las suyas en la capital colombiana y la lluvia cierne sobre sus calles y aceras bastante limpias, sin conseguir que los bogotanos no vayan de aquí para allá buscando sus lugares de trabajo, o visitar uno de sus lujosos “malls” o simplemente caminar. Con mucha intensidad, las mujeres y hombres de negocios transitan ataviados con sus mejores trajes por la zona exclusiva, la rosa —lucen bastantes ejecutivos, por cierto, mostrando sus bufandas o abrigos, claro una capital de ropa y moda—, y uno que otro se detiene a comprar minutos para su celular en la abundante variedad de negocios pequeños que existen en todas sus cuadras. La vida en Bogotá da la impresión de una ciudad muy agitada, congestionada por buses, vehículos, bicicletas, una que otra carreta halada por caballos, y transeúntes. ¡Opsss!, hay que apartarse con rapidez si se quiere vivir más, como es común si se cruzan sus avenidas y carreras, pues —como dice Jaime Valero, un taxista express que me traslada al famoso parque de la 93— no hay tiempo para ser cortés, ni con las personas ni con los vehículos, y se jacta diciéndome: “El que maneja en Colombia maneja en cualquier parte del mundo”.
Él se refiere a lo complicado que es circular por las calles de Bogotá ante la abrumante cantidad de vehículos, lo que hace perder tiempo, y esto que ha mejorado con la puesta en marcha del exitoso plan pico-placa (que significa que algunos carros no pueden circular después de las 4de la tarde, dependiendo el día y su número de placa) que puso en ejecución el Gobierno y que bastante ha ordenado el tráfico en la ciudad. Este modelo ha sido copiado por varios países, mientras que otros gastan plata enviando misiones para analizarlo pero nunca lo implementan, van de paseo.
A pesar del tráfico y el estrés, el positivismo es casi general, no hay taxista o persona que no se refiera a que se puede vivir en condiciones óptimas en esta ciudad, si se dedica a trabajar, incluso a tener dos trabajos, como lo hace Jaime, que por el día labora en la administración de la compañía de taxis y por las noches, hasta la 1 de la madrugada, conduce una unidad “porque hay que tener más entradas para los hijos que ya van a la universidad”, dice mientras sintoniza una emisora local que habla de la muerte de unos diputados en manos de la guerrilla. Su percepción y vivencia no están equivocadas, pues se le atribuye a esta nación suramericana una calificación de sobresaliente y muy estable en su economía, solo superada por las naciones desarrolladas (el G8, los escandinavos, Holanda, Luxemburgo, Suiza, Nueva Zelanda y Australia; además de los grandes petroleros) y la inversión extranjera sigue creciendo, a tal grado que el primer trimestre de 2007 duplicó lo obtenido en similar periodo de 2006, alcanzando $2,342 millones.
Sin embargo, esto no ha evitado que el 25% de la población productiva colombiana quiera emigrar para conseguir un mejor empleo o futuro (Colombia es el principal receptor de remesas americanas después de Israel y Egipto), lo que hace pensar que la economía va bien, pero el país va mal —como dicen analistas colombianos, pensando en la seguridad, presión demográfica y la guerra, entre otros factores, y apoyándose en la calificación internacional estampada en el informe Foreign Policy, que la ubica entre las 33 naciones menos estables, de 177—.
Por ahora, la capital, con casi 10 millones de habitantes, denota liquidez para vender y comprar, miles de pequeños negocios de todo tipo y sus centros comerciales se abarrotan, y no importa el día para hacer vida nocturna, o por lo menos no se puede faltar al parque de la 93, en la zona “in”, en el estrato 6 (el de lujo), aunque sea para degustar un helado, y en donde además se goza de los partidos de la Copa América, en pantalla gigante, a pesar del mal sabor de que su selección haya sido apabullada por los demás equipos y eliminada en primera ronda. Casi nula indigencia y solo uno que otro bogotano que pide pesos por limpiar los parabrisas de los vehículos. No importa, la vida es alegre y la gente muy sonriente y amable (eso sí, fuera de los vehículos), que al final de una conversación le dicen a quien sea “que estés bien”, o que te hablen de cuánta platica ganas o si por el estrés y de dar el máximo en el día le digan “estoy hasta el berraco”.
Bueno, qué envidia visitar Bogotá —por su cultura y limpieza—, mucho mejor, Medellín... suspiro de hombre...