Es común para muchas personas creer que las cosas que nos suceden a lo largo de toda la vida están predeterminadas por diferentes fenómenos, por ejemplo el destino, la suerte, los genes, etcétera, y por lo tanto, explican ciertos acontecimientos como producto de la casualidad.
Carlos Slim, el recientemente nombrado hombre más rico del mundo, era apenas en el año 2003 un exitoso empresario con una fortuna calculada en $7,400 millones y ocupaba el puesto número 35 de los hombres más ricos del mundo, según la revista Forbes.
Pero en abril de este año desplazó con $53,000 millones a Warren Buffet, el segundo más rico. En días recientes fue anunciado como el hombre más rico del planeta Tierra, con una fortuna calculada en $67,800 millones y destronó a Bill Gates.
Ahora, analicemos por un momento de dónde proviene esa habilidad para acumular fortuna de manera tan galopante. Slim proviene de una familia de emigrantes libaneses que llegaron a México. Su padre, don Julián Slim, era un comerciante que ocasionalmente compraba inmuebles deteriorados en el centro histórico y que al restaurarlos podía venderlos al doble de su precio original, actividad que don Julián también se dedicaba a enseñar a su hijo menor y es en ese contexto que, según cuentan sus hermanos, Carlos aprendió a leer y a escribir, hacía sumas mentales y apuntaba ideas en su cuaderno bajo la tutela de su padre.
Los domingos, días de comida familiar, Carlos ponía una tiendita debajo de la escalera y vendía dulces a sus primos y hermanos. Con su papá hacía cuentas de las ganancias de esa venta y más su respectiva mesada, su padre hacía que lo invirtiera y que se costeara algunos de sus gastos, como el alquiler de las bicicletas en el parque de México.
Don Julián podía fácilmente pagarle esos gustos, pero su objetivo estaba claro: crear a un millonario, es decir, formar su personalidad, su carácter.
Carlos heredó la forma de hacer negocios de su padre. A los 15 años ya tenía 44 acciones en BANAMEX (Banco Nacional de México).
Mi objetivo con todo esto no es analizar al empresario ni mucho menos hacer una apología de la persona, sino más bien demostrar al lector lo que algunos psicólogos denominamos “el diseño del plan de vida”.
Las personas, igual que los arquitectos que presentan una maqueta de lo que será su edificio, también “diseñamos” los primeros bocetos en nuestra infancia de lo que será nuestra futura personalidad, carácter, y es esa infancia la que debemos aprovechar a la hora de formar ciudadanos productivos.