“No debieron permitir que portaran armas”


Janett Cornejo
judicial@laprensa.com.sv
Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 9/8/2007

A las 9 de la noche del jueves 6 de septiembre, el patio de la casa de los Reymundo Ruiz, ubicada en el cantón Los Conacastes, caserío Los Guirola, del municipio de Coatepeque, Santa Ana, lucía con un puñado de sillas de alquiler apiladas en un rincón.

La familia se preparaba para recibir el cadáver del hijo menor quien fue instructor de tiro de la ANSP, el cabo Carlos Osmín Reymundo, ultimado por su compañero policía Francisco Javier Ruiz, de 31 años, al calor de los tragos el pasado martes, cuando ocho miembros de la ANSP de San Luis Talpa se reunieron en una cervecería de la playa La Zunganera, en La Paz.

“Han venido anoche, sus compañeros de (uniforme) azul, de caqui”, dice Antonia Ruiz, de 67 años, madre del fallecido, al relatar el recibimiento del cadáver de su hijo. Era el menor de 10 hermanos. “Ahora solo me quedan nueve”, dice con resignada.

Ayer por la tarde, mientras esperaban el entierro programado para la 1, los familiares intentaban consolar a Cecilia Arteaga Peraza, de 27 años, compañera de vida del difunto instructor de tiro.

Cecilia parecía abstraída del espacio en el que se encontraba hasta que su hijo, Daniel Osmín Reymundo, de apenas un año y siete meses de edad, alzó sus brazos pidiéndole ver a su padre. “No, hijo, papá ya no”, respondía la madre con un abrazo a su pequeño sin poderle dar una explicación de la respuesta que había dado.

“Él era una adoración con sus hijos”, alcanza a espetar Cecilia entre sollozos.

Cecilia tenía 17 años de edad cuando lo conoció, en Coatepeque en el año 2000. “Ya luego me vine para acá a vivir con él”, relata. Para ella, el trabajo de su compañero de vida sí era arriesgado.

Ese temor de Cecilia se ve reflejado en sus hijos: Daniel Osmín y Cecilia Elizabeth, de 10 años, quienes han quedado sin el amparo de su padre.

El cabo Carlos Osmín Reymundo era un hombre querido por sus compañeros y su comunidad, practicaba varios deportes en los cuales obtuvo muchos reconocimientos.

La casa en donde residía junto a su madre, compañera de vida e hijos está llena de trofeos y medallas que el instructor habría ganado practicando fútbol.

“Yo me admiraba de ver a mi hijo, tan activo... Dondequiera él ganaba algo”, dice con orgullo Antonia Ruiz.

Sin explicaciones

La madre del cabo ultimado dice estar conforme con la ayuda que hasta el momento les ha brindado la Academia de Seguridad Pública, ANSP.

Sin embargo, al preguntarle por la versión oficial que le dieron de la muerte de su hijo responde desenfadada: “Ellos dicen que no se explican cómo pudo suceder, porque eran amigos”. “Si hasta acá había venido él”, concluye refiriéndose a Francisco Javier Ruiz, quien le arrebató la vida a su hijo.

“ratitos de locura”

Mientras en la institución se genera debate acerca de la depuración de efectivos con mal comportamiento, la madre del Carlos Reymundo opina que aun y cuando los agentes necesitan protegerse “no debieron permitir que portaran armas”. De lo contrario, “en uno de los ratitos de locura ocurre lo que ha sucedido”, concluye al referirse al estado de ebriedad en el que se encontraban ambos agentes.

Para el subinspector Rafael Montiel, de la delegación de La Libertad, quien fue compañero de Reymundo en la ANSP de 2000 a 2003, “la institución tiene sus normativas y debe velarse por que se cumplan”.

“No es un problema generalizado (el alcoholismo), no hay permiso generalizado para sacar las armas; ahí los superiores analizan antes de autorizar la salida de las armas”, concluye el agente mientras le da el pésame a Cecilia.

foto de la prensa/nubia rivas