Relato
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Una mujer de 42 años testifica cómo se aprende a convivir con el VIH/Sida. La aceptación de la enfermedad le ayuda a vivir mejor.

Jéssica Ávalos
social@laprensa.com.sv
Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 11/7/2007

Su cumpleaños número 42 lo conmemoró en una de las camas del Hospital Rosales. Para María M. este año no hubo festejo. Tuvo que conformarse con la compañía de su Nuevo Testamento, el par de cobijas blancas y un respirador artificial.

El pasado 27 de junio a esta mujer le cambió la vida. Ese fue el día en que decidió hacerse por primera vez un examen de VIH/Sida. No podía desaprovechar la ocasión. Era el Día Nacional de la Prueba y por lo tanto sabía que la encontraría gratis en cualquier unidad de salud.

El lugar que seleccionó fue la del municipio de Cuscatancingo. Ahí superó con paciencia las largas colas. Y de igual forma superó la impaciencia por conocer su resultado. Dos días después, la respuesta a esa ansiedad estaba en sus manos: el examen había resultado positivo.

María se resistió a creerlo. La ausencia de síntomas y la estabilidad que en aquel momento sentía le hicieron pensar que la unidad de salud había errado.

“Yo pensé que era equivocación, porque en las unidades no se sabe. Pensé que se habían equivocado de jeringa y que todo era mentira”, comenta la mujer.

Del sida María conocía solo el nombre. Pero aferrada a su incredulidad, se repitió la prueba en dos lugares más. Y esos dos exámenes le hicieron vivir en “reprisse” el trago amargo de saberse positiva.

Confirmado. Ella es una de las 378 personas que el pasado Día Nacional de la Prueba de VIH resultó portadora del virus. Cuatro meses después de esa revelación, desconoce cómo el VIH entró en su vida. Lo que asegura es que le ha sido fiel a su único compañero de vida, quien se resiste a hacerse una prueba.

“Yo ni sospechaba. No tenía ni síntomas, ni me enfermaba. Llevaba una vida normal que me hacía difícil creer que la podía tener”, relata.

Una vez aceptada la noticia, llegó otra etapa igual de difícil. Los conocidos de María demostraron rechazo y discriminación. El resquemor era tal que la misma familia se resistía a utilizar sus mismos utensilios para comer.

Ese momento ya pasó. “Hoy ya piensan diferente. Ya me visitan, porque antes yo sola pasaba en la casa. Yo me estaba deprimiendo, porque esa es la forma en que peor ataca esta enfermedad”, dice María con un timbre menos agudo en su voz.

Al principio de la epidemia había una relación de 100 hombres por una 10 mujeres contagiadas. Esta situación ha cambiado. La relación actual se ha disminuido a 16 hombres por cada 10 mujeres.

“La enfermedad ha tomado un rostro más de mujer. La mujer es más vulnerable por diferentes factores sociales y culturales”, interpreta el coordinador adjunto del Programa ITS, VIH/Sida del país, Guillermo Galván.

Según este médico, los factores biológicos también van en contra porque la anatomía femenina concentra más el virus en el aparato reproductor. Esto hace que la mujer tenga dos veces más posibilidades de adquirir el VIH de las que tiene un hombre.

“Él es bien simplón. Usted sabe que los hombres lo discriminan a uno diciendo que anda con uno y otro, pero es bien diferente con lo que hacen ellos”, dice María para referirse a su pareja a quien describe como “fortachón”.

María aún no recibe terapia antirretroviral. Por ahora, solo espera la licencia médica que la deje regresar a casa. Le conforta saber que, si se cuida, podrá seguir yendo cada domingo a la iglesia. “Peor hubiera sido seguir viviendo sin enterarme. Si salió adelante el basquetbolista (“Magic” Johnson), ¿Por qué yo no? Tengo fe en que el señor me va a sanar”, concluye.

FOTO DE LA PRENSA/Mercedes Árias

“Yo no quería creer y hasta se me venían ideas de matarme. Ahora me agarré a Dios.”

“Mi familia pensaba que con tocar las cosas de la casa los iba a contagiar. Eso me afectó.”

María M., persona que vive con VIH.