El guayabo es un arbusto de la familia de las mirtáceas, de flores blancas y fragantes que producen frutos de delicado sabor. Es originario de América tropical y se da especialmente entre pastos. Sus frutos se denominan “Guayabas”. Son redondos o periformes, muy aromáticos, ricos en vitaminas, por lo general se comen crudos y hay diferentes clases: la guayaba limón, de tamaño pequeña, pulpa blanca y blanda; la guayaba roja, mas grande que la anterior, de pulpa carnosa roja, conocida como guayaba perulera; pero la más grande, sumamente apetecible, reconfortante, de sabor exquisito es “La Casona”, que se produce solo en nuestro El Salvador, cultivada anteriormente en San Jacinto, pero por razones de fertilidad de tierra se trasladó su almácigo a los terrenos de la alameda Manuel Enrique Araujo. Su cultivo es difícil, y de mucho cuidado, por eso es que sus frutos se dan cada cinco años y requiere gran vigilancia, puesto que muchos quieren comérsela sin tener los méritos para hacerlo.
Este fruto ha despertado desde hace varios años la codicia de muchos; unos han pretendido comérsela en forma legal, otros con fraudes, y los más perversos pretenden hacerlo desestabilizando. Pero solo los participantes de dicho cultivo son los que realmente tienen que decidir quién se la come.
Lógicamente, los cultivadores deben elegir a una persona con instrucción notoria, para poder conservar dicho cultivo, y con una moralidad reconocida, a fin de que no trate de comérsela para sí, y sus manejadores chavistas. De allí la importancia que el elegido tenga una intachable vida pública, privada y familiar; porque de lo contrario nos quedaremos sin la libertad de tener un palo de guayabo.
El guayabo, como todo cultivo, ha tenido y tiene plagas; las más peligrosas y ponzoñosas son: la Araña Roja, que apareció en 1927, y fue erradicada en 1932, con un pesticida marca “La Benemérita”, a base de bromuro de plomo. Durante algún tiempo fue controlada esta plaga, pero en 1980 brota el mismo arácnido, siempre de color rojo, pero los machos presentaron una metamorfosis en el cefalotórax, brotándoles abundantes pelos en la boca, conociéndoseles como “los barbudos”, que vivían en el tronco del guayabo esperando asaltarlo. Esta plaga se combatió con el fungicida “La Tandona”, siempre a base de bromuro de plomo. Actualmente han aparecido nuevas plagas venenosas: Las Tarántulas Cerenadas y sus capullos funestos, que pretenden comerse la guayaba, amparadas por plagas migratorias, que son destructoras como: “El Piojo Chavista” y “La Mosca Computarizada”, procedente de la selva colombiana, biológicamente conocida como FARC.
Las Tarántulas Cerenadas son arácnidos, de la familia de los barbudos, que se alimentan secuestrando insectos inocentes que viven en los pastos, son devastadores pues han destruido casas, vacas, personas y hasta puentes. Estas tarántulas Cerenadas, además de ser de la familia de los barbudos, pertenecen a la especie orbitelares, que envuelven en sus hilos de seda y pegajosos a la víctima, para propinarle una mordedura mortal, en el fondo es una “trampa cazabobos”.
Los capullos funestos son un error de un experimento biológico, que junto con otros —se dan— en los laboratorios clandestinos, que se ubicaban en El Boquerón, donde nacieron y se protegieron esos capullos, pero los cultivadores cerraron esos laboratorios por fraudulentos.
Debemos de tener en cuenta la experiencia de otros países de América, que unidos le han hecho frente a plagas similares. Considero que es importante la unión de todos los buenos cultivadores, para defender nuestro cultivo de guayaba, porque una vez se la devoren, destrozarán sus retoños, hojas, ramas, raíces, y los cultivadores se quedarían lamentando haberse equivocado, y no fumigar valientemente y a tiempo estas plagas.