La palabra guerra irrumpe en la vida de Christian Poveda antes incluso de haber nacido, y será su compañera inseparable durante décadas. “Me siguen”, bromea. Este fotoperiodista tiene ya 53 años, algunas canas, unos lentes que lo singularizan, un acento inconfundiblemente francés y un currículum al alcance de pocos, de muy pocos. Su trabajo se ha publicado en muchas de las revistas más prestigiosas del mundo, como Time, Libération o L’Express. Hoy llegan a Séptimo Sentido. Y, si bien en los últimos años ha incursionado con éxito en otras temáticas, sin las guerras resulta difícil concebir su trayectoria profesional.
Poveda nace en 1955 en Argelia, en el norte de África, cuando ese territorio aún era colonia francesa. Su familia había tenido que huir de España en 1939 por estar en el bando derrotado en la Guerra Civil española. Huyeron de una guerra, y se metieron en otra: la librada por los argelinos contra los franceses para lograr su independencia. La victoria de los independentistas se concreta en 1961, y con apenas seis años, Poveda y su familia se refugian en París.
Pronto surge el interés por la fotografía, que asegura tener encendido antes de cumplir los 15 años. Su juventud discurre entre un activismo político incentivado por los dos grandes referentes de su generación: la Guerra de Vietnam y el Mayo del 68 francés. La fotografía, no está de más recordar, tuvo un papel importantísimo en la difusión de ambos.
—¿Qué fue lo primero que te publicaron?
—Fue un fotorreportaje que hice en 1977 sobre el Frente Polisario, en el Sahara occidental. Fueron 10 páginas en el semanario L’Express.
Por si a alguien le queda alguna duda, el Frente Polisario comenzaba entonces una guerra aún inconclusa, la de liberación contra los estados invasores de Marruecos y Mauritania.
Con este bautismo, parecía que no había escapatoria, y así fue. La primera mitad de la década de los ochenta Poveda se la pasa de guerra en guerra: cubre, entre otras, la que enfrenta a Irán e Iraq, la del Líbano, las dictaduras chilena y argentina, y los conflictos guerrilleros más o menos abiertos de Perú, Guatemala y El Salvador.
“Yo llego al país a principios de los ochenta.” Y El Salvador no fue un sello más en el pasaporte. De hecho, han pasado casi tres décadas y su relación con este país sigue vigente, quizá más intensa que nunca. Su actual compañera de vida es salvadoreña, y sus más recientes proyectos, que ya no están relacionados de forma directa con conflictos bélicos, los ha desarrollado en este país.
—Con el tiempo me cansé de tanto viajar, de tanto ir y volver, ir y volver, y El Salvador es un buen ejemplo de lo que genera el desarrollo sin control de la globalización, del liberalismo.
En los últimos años ha incursionado en temas como las pandillas, tanto en lo fotográfico como lo documental, y en agenda tiene ahora sendos proyectos sobre la violencia intrafamiliar y sobre el consumo de drogas. Temas todos en los que El Salvador es una fuente inagotable de historias.
En cierta medida, aunque ya no haya obuses, tanquetas o guerrilleros en sus fotografías, no dejan de ser guerras también las que sigue retratando. Guerras en un plano individual o comunitario, pero guerras al fin y al cabo.