Barrancones, la vida acompaña al río
En este caserío separado por una vertiente del Goascorán de la tierra firme, sólo los líderes manejan el lenguaje del litigio con el vecino. Para el resto, los días se escapan entre róbalos, tortillas y la espera mensual de las remesas patriarcales.

Las cifras del caserío.
168 familias viven en el caserío Barrancones. Pertenecen a la municipalidad de Pasaquina, en La Unión.
Un
autobús que llega dos veces al día es la única forma de salir de Barrancones.
No cuentan con formas de deshacerse de la basura que generan. La contaminación del río es evidente.
Una casa de salud, una voluntaria y un médico que los visita cada ocho días es la única asistencia cercana. Para llegar al hospital de La Unión se tardan 40 minutos en lancha.

Septiembre 3. Ni muchos barrancos ni muchas chozas; así es el caserío Barrancones, el último lugar habitado de la zona del golfo de Fonseca, al noreste del puerto de Cutuco, en el departamento de La Unión.

Barrancones existe al lado del río Goascorán que conserva El Salvador, pero bastan unas brazadas para saberse en territorio hondureño. “Ahí nomás, al otro lado del río está todo lo que dicen que no es de nosotros”, dice Estebana Velásquez, con cierta molestia.

A pesar de que los barranconeños se consideran salvadoreños de corazón y les preocupa, entre pocas cosas, que algún día dejen de serlo, la mayoría no sabe el nombre del presidente de su país y nunca le ha visto la cara a ningún político. Nombran, eso sí, al dedillo y pronuncian sin yerro el nombre de las ciudades de Estados Unidos, de donde les llega su remesa mensual.


Beneficios de alto precio

Son unas 80 familias que tienen como actividades económicas principales la pesca eventual que no les deja mayor ganancia, el funcionamiento de una camaronera privada y el mantenimiento de su tierra en buenas condiciones.

Desde hace dos meses tener agua potabilizada pasó de ser una tarea compleja y poco saludable a un momento de reunión social alrededor de las 21 cantareras que instalaron con ayuda de la alcaldía de Pasaquina y la organización comunal.

Y aunque desde la década de los 80 tienen energía eléctrica en la zona, el pago por tales beneficios es hoy tan alto que sólo las remesas pueden costearlo.

En Barrancones, los recibos de luz van desde los 22 hasta 35 dólares cada mes, algo que para los usuarios de una refrigeradora, un televisor y un equipo de sonido es extremo. El servicio de agua en la comunidad les suma cinco dólares mensuales.

Quizás estos caros beneficios sean la preocupación mayor de estas familias, ya que ese gasto les resta mejoras en sus casas. Los pisos de cerámica importada, los azulejos decorativos y detalles arquitectónicos poco comunes son muestra de que sin las remesas, en Barrancones se contaría una historia diferente.

“El que no tiene a nadie en Estados Unidos que le ayude pasa pobreza”, dice Teódolo Salvador, quien ha vivido la mayor parte de su vida en este lugar y ahora disfruta viendo crecer a sus nietos. Ellos son la única razón por la que él sale de su casa. “Hay que salir a pescar porque los niños sólo piden pescado”, dice. Mientras, el calor sube de tono, pero el aire en Barrancones sigue soplando tranquilidad.

La injusticia de una frontera viva

En Barrancones ven el conflicto del bolsón de Goascorán a través de certezas no científicas, pero basadas en su experiencia personal y en la historia del río


“Ojalá vinieran aquí esos jueces de La Haya para que vieran si esto es la desembocadura del Goascorán. ¡En qué cabeza cabe!”, exclama Roberto Jiménez, mientras maniobra su lancha a través del estrecho estero de Ramaditas. Lo que para él no es más que uno de los brazos del río, para el derecho internacional ha quedado establecido como la desembocadura de este enorme cuerpo de agua que divide a El Salvador y Honduras.

Mientras en La Haya, entre mapas y pruebas científicas, se dan los alegatos para ver si hay posibilidades de reabrir un juicio y volver a estudiar a quién corresponden los terrenos del bolsón de Goascorán, a Jiménez y a sus vecinos les basta con lo que han visto sus ojos y los de sus antepasados. “Éste no era el curso del río”, asegura Jiménez. “Yo no sé si los testimonios de la gente valen de algo, pero yo le puedo dar fe de que aquí no corría, ésta era agua salada.”

Concuerdan con él Luciano Salvador, de 67 años, y Gonzalo Reyes Bonilla, de 88, quienes narran la misma versión.

Según relata, para tener agua, los antiguos lugareños de Barrancones tenían que caminar hasta las cercanías los Amates, donde encontraban agua dulce, agua del río.

Sus abuelos les han relatado cómo el cauce del río alguna vez fue ancho y abundante en Los Amates, el lugar de donde, se supone, un diluvio desvió al Goascorán. Y es que, para los adultos de Barrancones, que conocen lo que es vivir junto a un río y lo tratan como una realidad en sí mismo, hablan con la jerga del río, lo navegan como si tuviera su propia nomenclatura, parece una injusticia querer fijar a un cuerpo vivo y dinámico como una división política.

“El río es como una manguera y si la tapan, el agua va buscando por donde correr, y así se forman estas salidas, como la de Ramaditas”, dice Jiménez.


Sólo saben que son salvadoreños

Para los más pequeños, la vida junto al río transcurre tranquila y el poco conocido conflicto por el bolsón sólo llega a través de escasas noticias o desaguisados rumores que poco o nada concuerdan con lo que se desarrolla en La Haya.

El año pasado, cuando El Salvador presentó la petición de revisión ante el tribunal internacional, algunos niños expresaron sus temores a su maestra.

“Preguntaron que si era cierto que aquí ya no iba a ser El Salvador, que si iban a tener que cambiar de bandera”, cuenta Ana Elsi Cañénguez, maestra de la escuela de Barrancones. “Ellos se sienten salvadoreños y dicen que no van a cambiar, aunque les digan que esto es Honduras”, asegura.

“Ojalá vinieran los jueces aquí”
Los habitantes de Barrancones aseguran que el curso del río Goascorán ha cambiado. Antes era agua salada, y para conseguir agua dulce había que caminar hasta los Amates, concuerdan. “Yo no sé si los testimonios de la gente valen de algo, pero podemos dar fe de que aquí no corría”, dicen los lugareños.

“Ojalá vinieran aquí los jueces de La Haya, para que vieran si esto es la desembocadura del río Goascorán”, refuerza Roberto Jiménez.

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Un pueblo pequeño que se educa en grande

Barrancones es una comunidad pobre, pero sus niños van a una escuela que, en el ámbito rural, es casi un lujo.
Ana Elsi Cañénguez es una joven migueleña de 24 años. Llega muy bien arreglada. Es la única de las tres maestras del centro escolar Cantón Barrancones que está disponible esta tarde. Las otras tienen conjuntivitis.

Aún así, las bajas del profesorado no merman la impresión que deja la escuela. Es un lugar pequeño pero muy limpio, bien decorado y repleto de atractivo material didáctico. En esta Escuela Saludable, en cuatro aulas, se imparten clases hasta octavo grado, en dos turnos. “Aquí reciben clase los de primero y segundo al mismo tiempo”, dice Cañénguez mostrando uno de los salones. “Yo divido en dos el pizarrón para dar las lecciones. Es doble trabajo.” Pero lo dice sin un tono de queja. Es sólo que así son las cosas allí. Una realidad que no merma la entrega de las maestras que viven la semana en Barrancones y regresan a sus casas el sábado. Es más, tienen proyectos, como llegar a tener noveno grado para completar la educación básica de los jóvenes del lugar.