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Enfermedades exóticas

AP
vivir@laprensa.com.sv

Los viajes exóticos conllevan el riesgo de enfermedades exóticas.

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Kevin Keogh pasó la mañana cumpliendo sus tareas cotidianas. Por la tarde, estaba manejando su Mercedes cuando se escurrió por la ventanilla con el vehículo en marcha, se trepó al techo, se paró con los brazos extendidos cara al viento y se lanzó a la muerte.

¿Por qué el director financiero de la municipalidad de Phoenix hizo algo tan inexplicable?

Una teoría lo atribuye a un parásito que contrajo en un viaje a México varios años antes. Ese parásito puede vivir durante años dentro del organismo, ascender hasta el cerebro y causar ataques y alucinaciones, síntomas que Keogh empezó a padecer unos pocos meses después de su viaje.

Su muerte en diciembre es un ejemplo extremo de una enfermedad exótica padecida en el extranjero. Es uno de los factores que mucha gente subestima cuando se aventura a viajar.

Los estadounidenses hicieron más de 56 viajes al exterior en 2003, un aumento considerable respecto de los 44 millones de una década antes. A menudo traen gérmenes que pueden tardar semanas o meses en causar síntomas y enfermedades, que los médicos en Estados Unidos quizás tardan en reconocer.

A los médicos les tomó ocho meses descifrar la dolencia de Keogh, dijo su esposa Karlene. Un análisis de sangre indicó que tenía cisticercosis, una enfermedad parasitaria que suele ser causada por cerdo no cocinado suficientemente, común en partes de Latinoamérica.

La Dra. Rebecca Hsu, de la oficina forense del condado de Maricopa, dijo que los exámenes preliminares no revelaron la presencia del parásito en el cerebro. Pero aclaró que esa evidencia no siempre aparece, y hacen falta más pruebas para determinar la causa de la muerte.

París, Londres, Roma, solían ser viajes exóticos, observó el Dr. Phyllis Kozarsky, profesor en la Universidad Emory y consultor de la salud del viajero en el Centro para Control y Prevención de Enfermedades. Ahora la gente compite para ver quién viaja a destinos más exóticos.

Por lo general, el riesgo se limita al viajero porque la mayoría de los gérmenes no se contagian fácilmente, dijo Kozarsky. Pero la enfermedad respiratoria SARS demostró que algunos gérmenes pueden afectar la salud pública.

Con malaria en la maleta

Otro ejemplo lo dan los viajeros estadounidenses que vuelven con malaria, que luego transmiten a los mosquitos que los pican cuando regresan a sus hogares en las Carolinas, Nueva York o Palm Beach, Florida. Estos mosquitos, a su vez, pican a residentes locales que no tienen motivos para sospechar que han contraído una enfermedad tropical sin haber viajado a ningún sitio.

Algunas enfermedades son especialmente dañinas para los niños, advirtió la Dra. Tina Tan, directora médica de la clínica de viajes en el Hospital Memorial de Niños en Chicago.

Hemos visto a niños regresar con malaria y picaduras inusuales de arañas o insectos, agregó. Muchas veces no se las identifica durante algún tiempo porque los llevan a sus pediatras o médicos de la familia, que no piensan en enfermedades exóticas.

Las enfermedades pueden ser más dañinas que la fácilmente tratada diarrea del viajero que le ocurre a la mitad de quienes visitan un país en desarrollo durante dos semanas o más.

El nombre de un pueblo de Minnesota está asociado a la diarrea Brainerd, identificada en él por primera vez en el año de 1984. El Dr. Robert Tauxe, titular de enfermedades alimenticias en el centro, la califica de diarrea de por vida. Enfermó a 200 personas en viajes sucesivos en una pequeña embarcación en torno de las Islas Galápagos en 1992. Un informe en 1998 sobre el caso halló que muchos seguían padeciendo del malestar.

Lo hemos estudiado extensamente, pero hasta hoy no conocemos todavía la causa, dijo Tauxe. No sabemos si se trata de un virus, una bacteria u otra cosa.

Mary Steigerwald, una enfermera de Phoenix y vicepresidenta de comunicaciones de la Universidad de Ottawa, conoce ese padecimiento. Los médicos creen que contrajo un parásito en un viaje a Asia, donde se sintió presionada a comer alimentos exóticos, como sopa de aleta de tiburón, en reuniones de negocios. Tuvo diarrea durante 18 meses.

Probé ocho tratamientos distintos con antibióticos. Nada la detenía, se lamentó.

Tauxe se burla risueñamente de su hermana, Lisa, geóloga en el Instituto Scripps de Oceanografía en La Jolla, California, que contrajo hepatitis en un viaje al África. No sabe a qué se debió: los insectos acuáticos que tragó cuando practicaba windsurf en una bahía contaminada o un erizo de mar crudo que comió después.

“Estaba caminando por mi plato mientras trataba de comérmelo. Es sushi. Es estúpido. No lo hago más”, aseguró.



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